¿Por qué algunos perros no consiguen superar sus miedos?

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Uno de los problemas más comunes en perros adoptados con cierta edad o en los que pasan de vivir en el campo a vivir en la ciudad, entre otros, es el miedo a los ruidos fuertes, como los del tráfico y el bullicio de las zonas muy transitadas. Muchos dueños prueban toda clase de métodos para ayudar a sus amigos, solo para encontrarse con la frustración de apreciar una mejoría inicial, a menudo muy significativa, pero que no parece mantenerse en el tiempo. ¿Por qué sucede esto? ¿Es que hay perros que verdaderamente son incapaces de superar sus traumas y terrores?

Aún a riesgo de ser categórica, la respuesta es un rotundo NO. Los perros no viven en el pasado, aunque, por supuesto, aprenden de él. Al igual que nosotros, desarrollan estrategias válidas para desenvolverse en su mundo, teniendo en cuenta tanto su carácter como sus circunstancias. El miedo es un instrumento de supervivencia en condiciones hostiles, pero en general innecesario para un animal que vive a salvo y feliz con su familia.

Por desgracia, a veces es la propia familia la que perpetúa dicho miedo con la noble intención de proteger a sus compañeros. La actitud de las personas con las que conviven es primordial; los perros buscan guía en sus humanos, y son sus comportamientos los que les indican cómo actuar.

Del mismo modo que transmitimos nuestros miedos y fobias a los niños se las transmitimos a los animales, es decir, les condicionamos. Tomemos como ejemplo el miedo a otros perros: Si nosotros tememos que un perro grande con el que nos cruzamos por la calle pueda hacer daño a nuestro hijo, cachorro, o perro de raza pequeña; la reacción más común es apartarlo de la fuente de peligro, “ponerle a salvo”. Con esto estamos asentando en el niño o cachorro la idea de que los perros son peligrosos. La gran diferencia radica en que los niños crecerán mentalmente y podrán llegar a racionalizar sus miedos aprendidos (aunque es un proceso largo y laborioso), pero los animales no.

Los perros, sin embargo, se basarán en lo que nosotros les indiquemos, de modo que si nuestro comportamiento no varía, todos los tratamientos y técnicas que apliquemos acabarán resultando ineficaces en gran medida. Percibiremos mejorías, por supuesto, pero cíclicamente reaparecerá el mismo problema, porque nosotros mismos estamos incitando una actitud que pretendemos erradicar. Si nosotros sentimos miedo, es casi imposible ayudar a nuestros compañeros a no tenerlo.

Por ejemplo, podemos utilizar una mezcla de flores para ir eliminando el miedo de un perro a los ruidos fuertes (sirenas, tubos de escape, motos…) Incluso podemos adiestrarle para que se quede junto a nosotros y no salga corriendo descontroladamente cuando se asuste. Podemos desensibilizarle progresivamente exponiéndole al ruido y lograr cierto grado de aceptación. Pero nada de esto funcionará a largo plazo si nosotros seguimos temiendo que el perro tenga miedo; si anticipamos una reacción negativa por su parte, le estaremos diciendo que su miedo está justificado, que realmente sí tiene de qué preocuparse, aunque él no sepa por qué.

Lo primordial es romper la asociación estímulo/respuesta, es decir, demostrarle a nuestro amigo que no tiene de qué temer. Esto incluye la difícil tarea de no ponernos en tensión al escuchar un ruido, dar un tirón instintivo a la correa cuando nos sobresaltamos, o llamarle en tono preocupado porque han comenzado a estallar voladores. Aunque difícil, es importante mantener la calma, y seguir actuando con normalidad. Abrazarle, consolarle o comenzar a hablarle como a un niño asustado son respuestas instintivas, pero contraproducentes. Recordemos, le estamos diciendo que tiene razón al tener miedo, cuando lo que debemos indicarle es todo lo contrario. Esto no implica que no podamos darle unas palmaditas cuando se acerca a nosotros en busca de protección ni que le ignoremos por completo. Aunque es una medida muy recomendada por algunos adiestradores, personalmente no me convence. Considero que nuestros compañeros peludos deben saber que pueden contar con nosotros y que siempre les protegeremos. Eso les da la confianza para decidir que, si nosotros no estamos asustados, es que no hay razones para estarlo.

Como sucede con las personas, cada animal tiene sus particularidades a tener en cuenta. Una buena opción es actuar como si el ruido no tuviera importancia, hablarle en tono jovial y tratar de distraer su atención de lo que le da miedo. Esto implica no hacer nada que no haríamos en circunstancias normales, como darle un premio o rascarle su zona favorita. No se trata de cambiar la asociación estímulo/respuesta, sino de romperla. Por supuesto, las flores de Bach son de una ayuda inestimable en estos casos, y un buen adiestrador siempre nos puede aportar conocimientos imprescindibles.

María Untereiner

Las afirmaciones de este artículo son recomendaciones generalizadas, y en ningún caso pretenden sustituir el consejo del veterinario o el adiestrador. Cada caso tiene sus particularidades, por lo que siempre es recomendable acudir a un profesional cualificado.

2019-02-03T21:41:57+00:0003/02/2019|Flores|

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