Mango africano, ¿adelgazar sin esfuerzo?

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Cada año, con la llegada de la primavera y la maldita “Operación Bikini”, un nuevo “producto milagro” retorna cíclicamente prometiendo pérdida de peso sin esfuerzo. Lo cierto es que existen dietas y productos que pueden ayudar a reducir volumen con relativa rapidez, pero si no se realiza un cambio nutricional, la pérdida no se mantendrá.  Lo importante es aprender a comer; no tanto privarse constantemente, sino llevar una dieta equilibrada y sana la mayor parte del tiempo. Basar la alimentación diaria principalmente en vegetales, beber una media de dos litros de agua diarios y realizar ejercicio moderado son las claves de un peso saludable. El consumo en exceso de harinas refinadas (y por tanto carentes de fibras y de muchos de sus nutrientes), levaduras que colonizan el intestino, alimentos procesados y sobre todo, el exceso de azúcares presente en la alimentación industrial, son los mayores enemigos de la figura y la salud.

A menudo, además de un exceso de grasa acumulada hay un problema de retención de líquidos, con la consiguiente hinchazón y atasco del organismo.

El mango africano (Irvingia gabonensis) es un fruto que, sin embargo, parece tener evidencia científica como inhibidor de la grasa corporal y regulador del apetito, incluso sin dieta complementaria ni ejercicio. Especialmente si se consume de forma continuada durante un periodo de tres meses, aunque los resultados habitualmente son apreciables a las pocas semanas. Es especialmente eficaz para ayudar a combatir la grasa blanda o grasa blanca que tiende a depositarse en el abdomen y puede acabar provocando problemas de salud, con lo que puede resultar un perfecto coadyuvante en protocolos de pérdida de peso y patologías relacionadas con el exceso de grasa corporal.

Su consumo es habitual en África desde tiempos ancestrales, inicialmente para incrementar la energía y eliminar el hambre durante las cacerías. Es un alimento muy interesante por su contenido en fibras, polifenoles y grasas saludables, además de su capacidad antioxidante, por lo que es utilizado en la dieta habitual.

Lo interesante del mango africano es el extracto de su semilla, puesto que la evidencia indica que trabaja a nivel cerebral, reduciendo el hambre y aumentando el metabolismo, por lo que la quema de grasas es más rápida y el organismo tiene que recurrir a los depósitos, principalmente de vientre y caderas, para obtener energía. Esto sucede porque la Irvingia gabonensis

  • aumenta los niveles de adiponectina, una hormona secretada por las células de grasa para mantener su sensibilidad a la insulina y cuya concentración mantiene una relación inversa con el porcentaje de grasa corporal. De hecho, la cantidad de hormona está reducida en la obesidad, la diabetes mellitus de tipo 2 y la enfermedad arterial coronaria. La unión de la adiponectina a sus receptores favorece la oxidación de ácidos grasos y la entrada de glucosa en los tejidos. Inhibe la producción de glucosa, además de proteger las paredes vasculares y el hígado.
  • inhibe la actividad del Glicerol 3-Fosfato Deshidrogenasa, enzima que convierte la glucosa en triglicéridos (TGL) que se almacenan inmediatamente en las células de grasa.
  • crea un equilibrio entre la ingesta de alimentos y la producción de leptina por parte del organismo.

La leptina es una hormona producida en su mayor parte por los adipocitos (células grasas). Parece funcionar como un “lipostato”: se libera al flujo sanguíneo cuando la grasa acumulada en los adipocitos aumenta, enviando al hipotálamo la señal de que hay reservas suficientes y debe inhibir el apetito. Cuando los niveles de leptina son bajos el cuerpo tiene hambre y entonces recurrimos a la comida. Somos propensos a tener más antojos, lo que nos lleva a comer en exceso. Para regular el apetito, la leptina actúa sobre núcleos hipotalámicos: al aumentar la grasa acumulada en los adipocitos, inhibe la producción del neuropéptidoY. Este neuropéptido actúa creando la sensación de hambre y provocando una mayor ingesta de alimentos que, a largo plazo y junto a la disminución de la termogénesis, conduciría a la obesidad.

La leptina, por tanto, regula negativamente el apetito en función de las reservas energéticas. Se sintetiza principalmente en el tejido adiposo blanco, donde los adipocitos de mayor tamaño secretan más leptina, y los de grasa subcutánea más que los de grasa visceral. La cantidad de triglicéridos (grasa) almacenados en el adipocito es también proporcional a la cantidad de leptina producida por cada adipocito. Por esta razón, los niveles circulantes de leptina son proporcionales a la cantidad de grasa corporal.

Cuando la masa del tejido adiposo aumenta más allá de los niveles de equilibrio se produce y libera más leptina al torrente circulatorio. Esto produce varios efectos compensadores en el hipotálamo:

  • La disminución del apetito por estimulación de péptidos anorexigénicos (generan pérdida de apetito) y supresión de la producción de los péptidos orexigénicos (lo provocan).
  • El incremento del gasto energético aumentando la tasa de metabolismo basal y la temperatura corporal, además de la modificación del punto de equilibrio hormonal para reducir la lipogénesis (producción de grasas) y aumentar la lipólisis (uso de la grasa acumulada para producir energía) en el tejido adiposo.

La regulación de la secreción de leptina sucede a largo plazo, principalmente por variación del nivel de masa corporal y efectos estimulantes de la insulina.

Muchos obesos tienen altas concentraciones de leptina en suero o resistencia a la leptina, lo que indica que otras moléculas como la ghrelina, la serotonina, la colecistoquinina y el neuropéptido Y, tienen también un efecto sobre la sensación de saciedad y contribuyen a la regulación del peso corporal.

Tras su descubrimiento, la mayoría de las investigaciones en torno a la leptina se centraron en su papel como factor regulador del peso corporal. Sin embargo, estudios posteriores describieron una amplia distribución de receptores para esta hormona en diversos tejidos periféricos, abriéndose así un vasto campo de investigación sobre las funciones biológicas de esta hormona.

La leptina participa en procesos fisiológicos tan diversos como la reproducción, la inmunidad o la angiogénesis. La secreción de leptina varía de acuerdo al ritmo circadiano, siendo secretada en forma pulsátil, modulada por la insulina y otras hormonas. Su frecuencia es de aproximadamente un pulso cada 45 minutos. Su concentración aumenta paulatinamente durante el día y alcanza un pico durante la medianoche, para disminuir hasta el inicio de un nuevo ciclo. Este patrón depende también de la alimentación.

De esta forma, las concentraciones circulantes de leptina aumentan en las primeras horas después de la ingesta y continúan su ascenso en caso de sobrealimentación. En situaciones de ayuno, hay un descenso en la producción de leptina.

Por otro lado, parece que los cambios en el patrón de secreción asociados a la alimentación están más relacionados con la concentración plasmática de insulina que con el peso corporal. Esto se debe a que la insulina estimula la expresión de la leptina en adipocitos aislados y, por lo tanto, eleva su nivel circulante. La eliminación de la leptina se lleva a cabo principalmente por vía renal.

María Untereiner

La información contenida en este artículo tiene una función meramente informativa. En todos los casos es preferible consultar con su terapeuta, médico, u otro profesional de la salud.

Referencias:

Druker, René (2005). «Regulación del apetito y control hormonal del peso corporal». Fisiología Médica. México DF : El Manual Moderno.

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Estudio Dra. Carmen Verdú Lázaro sobre «Adipoblock».

Scherer PE, Williams S, Fogliano M, Baldini G, Lodish HF. J Biol Chem 1995. «A novel serum protein similar  to Clq, produced exclusively in adipocytes».

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2019-03-25T12:45:43+02:0025/03/2019|Salud natural|

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