Lo que los demás sienten por nosotros

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Una de las cosas que más a menudo escucho y más me duele oír es: “Esto me pasa por ser buena persona. Tengo que ser más egoísta, menos amable, menos agradable.”

De acuerdo, es una posible solución. Pero antes de cambiar nuestros principios, nuestros valores y nuestras convicciones por y para los demás; analicemos los pros y los contras.

Lo primero que hay que tener en cuenta es que, a menudo, lo que los demás sienten por nosotros no es enteramente achacable a nuestro carácter o actitudes.

Hagamos lo que hagamos, jamás le gustaremos a todo el mundo. Independientemente de nuestra forma de ser, siempre habrá quien nos adore y quien nos odie, quien nos aprecie y quien no nos tolere, a quien le resultemos interesante y a quien no… Por supuesto que nuestro comportamiento influirá; pero incluso las personas más adorables tienen detractores. Puede ser por simple falta de afinidad (de pensamiento, carácter o forma de actuar); puede ser porque generan muchas envidias (de alguna forma, hay personas que miden su valía por lo que destacan en su entorno, de modo que las personas más “brillantes” les resultan un recordatorio constante de su fracaso, en vez de un ejemplo que seguir). La cuestión es que lo que los demás sienten por nosotros tiene más que ver con ellos mismos que con nuestra propia persona.

Cierto que mucha gente tiende a confundir la amabilidad y las buenas formas con una invitación para aprovecharse del otro. Cierto que nos encontraremos con personas egoístas y sin escrúpulos, o simplemente demasiado centradas en sí mismas como para tener en cuenta los sentimientos de los demás. Cierto que las personas menos sensibles parecen sufrir infinitamente menos, aunque lo que parece a menudo no coincide con lo que es. Cierto que un buen corazón nos hace más vulnerables al dolor.

Pero también nos hace más felices. La sensibilidad funciona en ambos sentidos, y una persona empática y de buen corazón encuentra más felicidad en las pequeñas cosas que una persona fría y desapasionada. Si nos ponemos una coraza para evitar el daño, si nos desensibilizamos, impediremos también la entrada de gran parte de la alegría. ¿Nos compensa realmente convertirnos en una versión apagada de nosotros mismos debido al comportamiento, actitud o pensamiento de otras personas?

No se trata de protegerse, sino de defenderse. Sin dejarnos llevar por el rencor, a veces nuestro error es permitir que otro nos haga daño. No se trata de ser invulnerables, sino de ser capaces de reponernos y aprender. De saber alejarnos, si podemos, de quienes no nos aportan nada bueno, y de saber cómo tratarles si no podemos alejarnos. Ser una persona encantadora no implica tener que malgastar encanto con quien no lo aprecia, y mucho menos permitir que esas personas “nos amarguen el día”, porque el mal humor, al igual que la alegría, es contagioso. Al final no solo nosotros estaremos de mal humor, sino que también lo estará buena parte de la gente con la que hayamos tratado después de esfumarse nuestra sonrisa.

Lo cierto es que nunca podremos contentar a todo el mundo. La cuestión, de nuevo, es a quién deberíamos tratar de contentar, y la respuesta sigue siendo a nosotros mismos, siempre que estemos trabajando por ser nuestra mejor versión posible. No es una cuestión de “yoismo”, tan peligrosamente rayano al puro egoísmo, sino de coherencia. Nuestros referentes deben estar en consonancia con nuestros principios; tratar de encajar a toda costa es una de las principales fuentes de frustración del ser humano. ¿Qué importa que a la gente en general parezca irle mejor actuando de un modo diferente, cuando ese modo de actuar está profundamente en contra de nuestras creencias más instintivas? ¿Realmente estamos equivocados al no compartir los valores de lo que parece ser “la mayoría”? ¿Estamos dispuestos a negar nuestra propia esencia, a luchar constantemente con nuestro “yo” más profundo, para ser “normales”? En este caso en concreto; ¿de verdad ser más fríos nos hará más felices? Sí, quizá nos proteja de sufrimientos que de otra forma nos habrían afectado dolorosamente, pero a cambio habremos perdido la capacidad para apreciar las pequeñas alegrías diarias. No hay forma de reducir nuestra sensibilidad solo en un sentido, incluso las emociones tienen su yin y su yang. De nuevo, la ecuación coste/beneficio es absolutamente personal, y su resultado respetable siempre que no implique hacer daño a los demás.

María Untereiner

Las afirmaciones de este artículo son recomendaciones generalizadas, y en ningún caso pretenden sustituir el consejo médico ni de otro profesional de la salud.

2019-01-28T00:15:41+00:0028/01/2019|Gestión emocional|

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