Cuando la manada crece

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Con las Navidades, son muchos los cachorros que encuentran un nuevo hogar. Aumentar la familia siempre es un motivo de alegría, pero, obviamente, implica un periodo de reajuste por parte de todos sus integrantes. Especialmente cuando ya hay otros animales en casa, pues los animales necesitan establecer jerarquías. Cuando introducimos un nuevo miembro en la familia las flores de Bach nos ayudan a eliminar fricciones, pero hemos de ser consecuentes y darles un tiempo para que se adapten y organicen su convivencia.

Este proceso ocurre de forma natural y de manera sencilla y rápida cuando hay un claro dominante rodeado de animales más sumisos. Los problemas aparecen cuando hay varios animales dominantes y ninguno quiere ceder. Es entonces cuando las agresiones y peleas se convierten en una constante, y la convivencia se vuelve imposible tanto para ellos como para nosotros.

Separarlos es una medida de contención muy habitual, pero nunca una solución a largo plazo. La solución pasa por conseguir que se respeten y vivan en paz, aunque tal vez nunca lleguen a ser amigos. Al igual que sucede con las personas, especialmente los niños, forzar la relación de dos animales suele provocar aún mayor rechazo. No podemos, ni debemos, obligar a nuestros compañeros peludos a llevarse bien, pero tampoco podemos permitir malos comportamientos, porque la situación se agravará progresivamente.

Las flores de Bach son de gran ayuda en estos casos, sobre todo si empezamos a administrarlas desde el primer momento. Lo ideal es hacer un preparado familiar, teniendo en cuenta tanto el carácter de los recién llegados como el de los antiguos miembros. Lo pondremos en el cuenco común del agua para asegurarnos de que todos beban, o las administraremos oralmente (y en el mismo momento a todos), ya sea directamente o en una golosina. Personalmente, no soy partidaria de esto último, porque tratar de engañar al animal puede generar mucha desconfianza (especialmente cuando tratamos con gatos) si nos descubre. Firmeza, cariño y paciencia son las claves para conseguir que nuestros “peludos” ingieran resignadamente suplementos o medicinas que rechazan por principio.

Algo que nunca debemos olvidar es que nosotros, los humanos, somos los auténticos alfas de la manada. Es nuestra responsabilidad educar; impedir los abusos y reconducir el mal comportamiento, aunque provenga de nuestro amigo del alma. Recordemos que la auténtica autoridad la ostentamos nosotros, y como tal debemos transmitirla. Ponernos nerviosos, gritar o angustiarnos porque nuestros animales se pelean solo consigue aumentar el estrés de todos los implicados. Es primordial mantener la calma y tratarlos con firmeza, sin hacer distinciones. Tratarlos con igual consideración y cariño, evitando provocar ataques de celos. Delimitar los lugares de descanso, comederos y juguetes, y enseñarles a respetar el espacio del otro del mismo modo que les enseñamos a respetar el nuestro. Y sobre todo, no agobiarles con nuestros deseos y requerimientos; nosotros también debemos respetar su espacio y necesidades.

Eso no significa que debamos dejar que se aíslen y se retraigan, malhumorados. Lo ideal es conseguir que ellos quieran compartir el espacio, por ejemplo cuando toda la familia se reúne en el salón y el aire se llena de risas y caricias. Los premios funcionan mucho mejor que los castigos, y se traducen en seres mucho más equilibrados y felices. Y no debemos descartar consultar a un profesional; un buen adiestrador puede enseñarnos no solo muy buenas técnicas, sino grandes lecciones de vida a través de la psicología animal.

María Untereiner

2019-01-08T00:35:04+00:0008/01/2019|Flores|

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