¿Por qué necesitamos perdonar?

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Cuando somos objeto de un agravio, es completamente lógico que nos invadan malos sentimientos. La sensación de ser objeto de una injusticia, la rabia, (que se traduce en rencor y se enquista en amargura), y especialmente, la sensación de vulnerabilidad, (que puede derivar en falta de confianza y otros problemas psicológicos, o provocar traumas), además de la tristeza de haber sido atacados y a menudo traicionados (puesto que los agravios más dolorosos provienen generalmente de personas que nos importan)…

Es esperable y normal tener sentimientos negativos, pero debemos afrontarlos y asimilarlos o se mantendrán en el tiempo, como una mala hierba que se va extendiendo más y más por los recovecos de nuestra mente, asfixiando poco a poco todo pensamiento alegre o positivo.

Muchas corrientes espirituales recalcan la necesidad de perdonar el mal del que hemos sido objeto, de mantener nuestra alma “limpia” de odio. Pero esto, que puede parecer muy “místico”, no es solo una cuestión de evolución personal y  elevación espiritual, sino de estabilidad emocional. Cuando no logramos perdonar, el alcance del agravio sufrido se va extendiendo por nuestra psique, afectando a nuestro humor e incluso nuestro comportamiento: nuestra rabia interior será incontenible antes o después, abalanzándose sobre los que nos rodean y  generando aún más rechazo y reacciones lógicamente desagradables en ellos, aumentando nuestro malestar social y por tanto nuestro mal humor, creando así un círculo vicioso cada vez más difícil de romper.

El problema es que, mientras no perdonemos, seguiremos viviendo en el rencor, lo cual se traduce en amargura y daño para con nosotros mismos. Algo que no logramos perdonar es algo que nos carcome el alma; una mezcla de dolor y rabia que no encuentra salida, y que con frecuencia se traduce en amargura y resentimiento indiscriminado. En definitiva, si no logramos perdonar, tampoco lograremos ser felices, al menos no por completo.

Cuando alguien nos hace daño, raramente es por pura maldad. Habitualmente hay una serie de circunstancias, atenuantes o no, que han impulsado a esa persona a actuar como lo ha hecho. Averiguar y comprender sus razones no hará que disminuya el mal, pero sí nos aportará algo de alivio y una cierta sensación de control, además de ayudarnos a integrarlo en nuestro bagaje emocional.

Perdonar no significa justificar, eximir de culpa, olvidar el mal causado como si no hubiera existido o mantener con quien nos ha hecho daño la misma relación que teníamos antaño. Es absolutamente imposible justificar algunas cosas; hay actos humanos que son verdaderamente imperdonables. Actos que dejan una huella imborrable en la persona que los sufre. Perdonar consiste en aceptar que un comportamiento ha sido inadecuado, comprender por qué razones se ha producido (lo que no implica justificarlo ni compartirlo), y asimilar este conocimiento. Es decir, aprender de la experiencia y obrar en consecuencia. Significa encontrar la paz para con nosotros mismos, seguir adelante y no quedarnos estancados en el sufrimiento que nos han causado. Esto es necesario porque, incluso aunque no volvamos a relacionarnos con dicha persona, el recuerdo de su agravio puede continuar haciéndonos daño mucho tiempo después de cometido.

Se trata más bien de aceptar, comprender e integrar lo sucedido, asumiendo nuestra parte de culpa si la hubiera, pero no achacándonos las que no tenemos. A este respecto, frecuentemente también necesitamos perdonarnos a nosotros mismos. Asumir nuestros errores  y aprender de la experiencia, reconocer nuestra culpa y canalizarla rectificando nuestro futuro comportamiento, es una excelente forma de evolucionar como persona. Por supuesto, es indispensable pedir disculpas cuando lo consideremos oportuno; aceptar nuestras faltas ante nosotros mismos es valiente y necesario, pero no suficiente. La estrecha frontera entre nuestra dignidad y nuestro orgullo debe ser revisada a menudo, especialmente cuando nos sentimos atacados o heridos. Debemos tener entonces especial cuidado en esperar a que nuestro ánimo se haya apaciguado, ya que difícilmente podremos ser lo más objetivos posible si nos invaden la cólera, la rabia y la tristeza. Esto funciona en ambos sentidos, ya que, por desgracia, demasiado a menudo las víctimas tienden a achacarse más culpas de las que les pertenecen, como haber hecho algo para provocar el ataque o no haber reaccionado “adecuadamente”. Pero este es otro tema, y lo trataremos en otra ocasión.

María Untereiner

La información contenida en este artículo tiene un carácter meramente divulgativo y en ningún caso pretende ni puede sustituir el consejo médico ni de otro profesional de la salud.

2019-05-27T00:13:02+02:0027/05/2019|Gestión emocional|

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