La utilidad del dolor emocional

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Hoy en día se insiste mucho en la idea de evitar el dolor. Geles y sprays para continuar haciendo ejercicio; pastillas y otras drogas para seguir sonriendo.

Personalmente, creo que es un gran error. El dolor, aunque muy duro de soportar, es nuestro aliado. En lo físico, nos protege de una futura lesión, inmovilizando y cubriendo la zona afectada para poder trabajar en la recuperación. Del mismo modo actúa en el plano emocional; nos paraliza para darnos “un respiro” y permitirnos asimilar lo que nos afecta. El sufrimiento nos protege porque nos retrae, nos obliga a bajar el ritmo y descansar al robarnos las fuerzas, brindándonos la oportunidad –si no la exigencia- de reflexionar. Reflexionar profundamente, sobre nosotros mismos y nuestra manera de enfrentar la vida. A menudo relativiza nuestros problemas y nos brinda enfoques que de otro modo no se nos habrían ocurrido.

No es cuestión de ponderar el dolor ni darle la bienvenida con alegría. Tampoco es sano ni agradable pasar los buenos tiempos pensando que pronto llegará una desgracia o un momento de infelicidad. No servirá de nada cuando lleguen los malos tiempos, y además habremos perdido la oportunidad de disfrutar los buenos. Sin embargo, sabemos que el sufrimiento llegará antes o después, así que podemos aceptarlo y aprovechar esta “oportunidad” forzosa de meditar acerca de lo que nos ha conducido a este estado.

La más valiosa lección que nos enseña el dolor emocional es acerca de nuestra propia resistencia y capacidad para “salir del bache”. Aprendemos que podemos sufrir intensamente, sentir que toda nuestra vida y nuestro mundo se desmoronan, y sin embargo superar ese estado. Aprendemos también, si estamos dispuestos a ser sinceros, cuáles de nuestros comportamientos, pensamientos y actitudes nos han llevado a la mala situación en la que nos encontramos. Y aprendemos sobre la forma en la que el ser humano se relaciona, sobre los sentimientos y actitudes de los demás, y el modo en que influyen -o no- en nuestros problemas.

No es posible evitar el dolor para siempre. Podemos, por supuesto, aprender a evitar muchos males, pero no podemos –ni debemos– controlarlo todo. Antes o después, algo nos herirá intensamente, y es entonces cuando esta lección nos puede resultar muy útil, recordándonos que la vida está compuesta de ciclos y las emociones “ruedan”, no son estáticas. Tras un  periodo de sufrimiento solo podemos ir a mejor, por lo que sería de gran utilidad en los malos momentos recordar que «esto también pasará».

Además, está el importante factor de la huella que los acontecimientos dejan en nuestro carácter. Toda experiencia nos enseña algo, y no hay maestro más duro (aunque eficaz) que el sufrimiento. A cada uno nos pertenece la responsabilidad de extraer una lección útil en el camino de ser la mejor versión de nosotros mismos. Una vez pasado el periodo de duelo, en el que podemos llorar, quejarnos de nuestra amarga situación, sentir rabia por lo sucedido o desahogarnos como mejor nos parezca y durante el tiempo que necesitemos; llega el momento de analizar racionalmente lo que ha ocurrido. Reconocer nuestros errores, de actuación, de conocimiento o de interpretación; aceptar nuestra parte de culpa y tratar de reparar el daño causado en la medida de lo posible. Aprender y rectificar, ya sea a favor de los demás o nuestro, siempre que nos hayamos liberado del lastre del rencor. Herir a los demás, excepto en las personalidades psicopáticas, nos hace daño a nosotros mismos. Unos lo sienten más hondamente que otros, pero es otro granito (o varios) de arena en el saco del disgusto con nosotros mismos. Este saco nos va volviendo más gruñones, huraños, solitarios e infelices cuanto mayor es su peso.

No es sano ni productivo rechazar, evadir o camuflar el dolor, porque no desaparecerá y además se volverá en nuestra contra. Se convertirá en una especie de fiera que retenemos a duras penas en un rincón oscuro, pero que invariablemente logrará escapar y hacer estragos en nuestra mente. Aún mientras creamos controlarlo, generará sentimientos dañinos para nosotros y nuestra forma de relacionarnos con el mundo; como desconfianza, rencor y aislamiento.

Una de las consecuencias más habituales del hecho de no enfrentar el dolor es el vacío emocional. A veces se llega a un punto en el que se ha sufrido tanto, que se siente uno literalmente agotado, vacío. Pareciera que ya no quedan fuerzas ni para entristecerse, y mucho menos para alegrarse o ilusionarse por nada. Aunque este estado pueda generar un cierto alivio (al menos el dolor ya no afecta intensamente); el daño sigue ahí, infectando la herida y no permitiendo que se cierre. En este momento Gorse es la flor a elegir, que nos ayudará a tomar conciencia de que nos hemos rendido. Este estado de ataraxia (ausencia de turbación) no es real, sino más bien una estrategia de nuestra mente para no enfrentarse a lo que nos hace daño. Y aunque revivir el dolor que creíamos superado, ahondar en nuestra herida y tratar de extraer una enseñanza útil pueda resultar muy desagradable y aterrador; no hacerlo tiene consecuencias peores a largo plazo. Una herida emocional que no se cierra es una fuente de daño constante, que nos va minando la alegría de vivir poco a poco.

Nunca está de más acudir a un terapeuta emocional cuando lo consideremos necesario. Nada hay de malo o de vergonzoso en pedir ayuda psicológica, al contrario. Las emociones son los engranajes del motor de nuestro comportamiento, y afectan intensamente a nuestro raciocinio. Pasamos la mayor parte de nuestra vida aprendiendo a gestionarlas, y como en todo aprendizaje, cometemos errores por falta de conocimiento. En lo emocional, a menudo aprendemos por ensayo y error, porque como especie inteligente (y soberbia) que somos, necesitamos descubrir las cosas por nosotros mismos. Un buen terapeuta puede enseñarnos estrategias muy útiles para ayudarnos a enfrentar diversos contratiempos, pero sobre todo actuará como guía para que nosotros mismos logremos resolver nuestros conflictos. Esto es especialmente importante de cara al futuro, pues si aprovechamos las enseñanzas, aprenderemos a reconocer y gestionar emociones que desembocan en efectos que no deseamos.

En conclusión, la solución pasa por enfrentar lo que sentimos, para poder analizarlo lo más objetivamente posible. Aceptar el dolor, dejarlo fluir, es el modo de apaciguarlo. Debemos extraer lecciones útiles del sufrimiento. Aprender, entre otras cosas, que somos capaces de sobrevivir a ello. Averiguar qué podemos cambiar, en nosotros mismos y en nuestra vida, para ser felices. Descubrir qué es lo que valoramos realmente, lo que deseamos en el fondo de nuestro corazón y lo que queremos conseguir en realidad. Analizar qué nos ha llevado a esta situación y qué ha cambiado después de atravesarla. Si ese cambio es positivo o no, qué hemos aprendido y de qué modo ha influido esta circunstancia en nuestra evolución personal.

Si tomamos el dolor emocional como una advertencia, si lo analizamos y comprendemos su origen, comprobaremos que es una valiosa herramienta para alcanzar nuestra propia felicidad y paz mental.

Por supuesto, estas palabras no se refieren al dolor relacionado con el fallecimiento de un ser querido o el sufrimiento de una desgracia personal. Aunque también en esos casos podemos extraer lecciones positivas, replantearnos nuestra estructura vital, o adquirir el valor para perseguir nuestros sueños; hay matices más profundos a considerar. Es otro tipo de dolor, más incomprensible, más intenso, que también es necesario dejar fluir para que no nos ahogue, y que solo el tiempo puede apaciguar en mayor o menor medida. Disponemos también de herramientas que nos pueden ayudar a superarlo, como la ayuda de un profesional cualificado, pero este es un tema para otro artículo.

Por María Untereiner

Las afirmaciones de este artículo son recomendaciones generalizadas, y en ningún caso pretenden sustituir el consejo médico ni de otro profesional de la salud. Esta información tiene un carácter divulgativo. En todos los casos es aconsejable acudir al terapeuta, médico o profesional cualificado.

2018-11-14T21:52:53+02:0030/10/2018|Gestión emocional|

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